La historia de Poch


Esta es la historia de Pochaco, el perro que le da el nombre a "La casa de Poch".



1996-2012



Siempre he creído que mi vida tiene eso que en argot televisivo se conoce como delay, que no es más que el retraso de una señal transmitida con respecto a su original. Sí, mi vida siempre ha sido así con respecto a la de los demás: cuando todas mis hermanas, primas y amigas comenzaron a tener novios, yo apenas iba superando mis juveniles conflictos hormonales; cuando todas hablaban de bodas y campanas yo a duras penas tenía novio; cuando todas cambiaron las pláticas de romance por las de bebés y pañales, yo decidí vivir sola y aprender de qué se trataba eso de jugar a la casita pero sin marido de por medio. Tan atrasada he vivido, que cuando todos los niños de mi generación crecieron al lado de una mascota, yo tuve a mi primer perro a la edad de 17 años. Delay total.

De la misma manera los aprendizajes esenciales de la existencia humana me han llegado a cuenta gotas, y pese a que en mi familia hemos tenido pérdidas irremediables, hoy por vez primera, a mis 33 años, estoy experimentando con todo el dolor del mundo lo que significa ver partir a un ser que ha sido parte importante de tu crecimiento, de tu familia, de tu vida. Tarde, pero no por eso menos intenso.

Pochaco es ese pequeño ser que decidió entrar a mi familia bajo el título de “el primer perro de los Guerrero Viguri”. Su llegada fue, de inicio, polémica. En ese entonces éramos 6 en casa, y mientras 3 de nosotros suplicábamos tenerlo y cuidarlo, otras 3 voces decían enérgicas que no. El animalito tenía la sentencia de llegar a un buen hogar y la disposición tan clara vino por parte de una de mis mejores amigas, quien había cruzado a su amadísimo cocker Pipo, y ya que en estos arreglos de las paternidades caninas a ella le correspondía quedarse con un cachorrín, quiso desde el principio acomodarlo en un lugar donde sabía que amor y cuidados no le iban a faltar. Así comenzó por mi parte la “campaña del chantaje”, que consistía en hacer dibujitos con muchas caritas de perros y ponerlos por todas partes donde mi madre (principal opositora) pudiera ver las caritas felices que decían “¡adoptame!”.

Nació un 7 de diciembre de 1996 y dos semanas después fuimos a conocer a los 7 cachorritos que apenas si andaban. La estrategia era que mi mamá se enterneciera con semejante cuadro y fuera ella la que decidiera con cuál de todos nos íbamos a quedar. Eligió a un gordito simpático de pelos parados; desde entonces fue bautizado como Lucky, nombre que siempre quise darle a una mascota.


Semanas después fuimos por él y desde ese día de febrero comenzó nuestra aventura juntos. Yo no podía esperar por tener a ese animalito para jugar con él, correr con él, dormir con él, que me diera besos, que fuera cariñoso conmigo, que moviera su cola al verme y que pudiéramos juntos tirarnos en el piso y llenarnos de cariño. Pero algo raro pasó a la hora de pedirle a Dios una mascota, porque ese gordito simpático que ya no tenía copete resultó ser todo lo contrario: era gruñón, de temperamento fuerte, no se dejaba ni abrazar ni besar y por el contrario, comprendió mi tremenda tosquedad más que como juego, como ataque, así que cuando quería acercarme a jugar con él simple y sencillamente pelaba los dientes y si estaba de humor me soltaba una increíble mordida en los dedos. Así de amoroso el condenado.

Meses después de su llegada a casa encontré por causalidad el nombre Pochaco y sin más decidí que sería llamado Lucky Pochaco, aunque a decir verdad el nombre fue cambiado a placer por propios y extraños que no entendían con qué se comía esa palabrita, aunque al final por todos respondía.

Nunca fue uno de esos perritos destructores, ¡no señor!. Nada de comerse calcetines o roer zapatos, nada de destrozar agujetas o dejar los cuartos patas arriba. No no. Él sabía a qué hogar había llegado y sabía bien cómo debía conquistar a aquellas opositoras que seguían sin asimilar su arribo. Pero eso sí, cuando vio ese suculento pastel de zanahoria enfriándose en la mesa, no dudó en maniobrar con sus escasos  6 meses para alcanzarlo y, literalmente, devorarlo ante el enojo de mi madre y la gran risa y ternura que nos provocó a los demás.



Al poco tiempo llegó Amy, quien fue su compañera 5 años, y aprendió a ser todo un hermano mayor que enseñó a la pequeña French a correr, ladrar, jugar, y todos los trucos existentes para tomarnos la medida. Después de la agonía y la despedida de la pequeña, Pochaco fue una especie de viudo que de un día para otro comenzó a encanecerse. Su pena era demasiado grande.



En ese entonces llegó Toto, su hijo, a quien recibimos con tanto amor como el día que Pochaco llegó a casa… excepto por él, ya que en realidad su duelo por Amy lo hizo rechazar a ese simpático gordín que moría por jugar y aprender a disfrutar de la vida canina. Poco a poco, digamos, lo fue aceptando, pero congruente con su temperamento no podíamos esperar que fuera cariñoso o juguetón con su descendencia. Así era él.

Al final aquellas que no querían tenerlo fueron quienes más lo amaron, entre ellas mi mamá y mi abuela materna, Raquel. Pochaco fue para ésta última su más fiel compañero, su sombra, el consuelo a su soledad. El día que ella murió, su tristeza fue infinita: el enfermerito tenía que aceptar que su amada viejita se le había adelantado.



Lo curioso con la personalidad tan determinante de ese perro es que era como esos hombres rudos, malos, con cara de rufianes que tanto nos hacen sufrir pero a quienes terminamos, enfermizamente, diciéndole “pégame pero no me dejes”. Ese animalillo era malo, enojón, voluntarioso, respondón, malencarado, pero no había forma de no amar esa mirada tan transparente que se transformaba cuando alguno de nosotros se enfermaba: en esos casos él siempre estaba ahí, al pie de la cama, sensible ante los dolores físicos como a los dolores del alma, entendido y perceptivo ante las pérdidas pero también ante las llegadas.

Pochaco en sus más de 15 años de vida vio partir a mi abuelita, tanto como nos vio a mis hermanas y a mi salir de casa; conoció a mis amigos de la prepa, universidad y trabajo tanto como los lugares de trabajo de mi padre; vio pasar novios y ex novios, vio llegar bebés que de pronto crecieron y hablaron y fueron capaces de jugar con él. Conoció a toda nuestra familia, nos acompañó en Navidades y vacaciones a donde fuera que íbamos; era amigo de los vecinos y tópico frecuente en las columnas que solía escribir en un periódico hace algunos años. Fue el mejor pretexto para autollamarme Pochaca; fue mi ídolo, mi héroe, mi cruz, mi amigo, y nunca, nunca dejó de sorprenderme.

 
 
 


Cuando hice maletas y me salí de casa, me demostró muy a su manera que iba a extrañar sus eternas peleas conmigo. Sabía que ese juego donde yo lo jodía, él se enojaba, él me mordía y yo salía chillando no era más que nuestra forma de mostrarnos cariño, y que al no estar yo en casa lo iba a extrañar muchísimo. Así fue… De pronto, a veces, cuando yo iba de visita y me despedía desde el carro, él salía corriendo y sin ninguna invitación se trepaba al asiento del copiloto, como esperando irse de polizón y estar a mi lado.

El pasado diciembre se puso malito, pero él ya nos había demostrado que eso de las enfermedades literalmente le pelaban los dientes. Años antes había sobrevivido a una parálisis facial (así de aprehensivo fue siempre) y a un hipotiroidismo que le provocaba ataques como tipo epilepsia, nada que un medicamento de por vida no pudiera remediar. Lo de diciembre, sin embargo, creo que fue su manera de decirnos que era hora de prepararse para lo que hoy estamos a punto de vivir… bueno, él de morir. Desde entonces su deterioro fue gradual pero considerable: perdió un ojito pero no con ello su maravillosa y expresiva mirada, su andar era más pausado, sus huesitos comenzaron a tronar, su peso a disminuir. Pero eso sí, seguía saliendo de paseo y buscando pelea con los perros más grandes que él… genio y figura…



Hoy hemos entendido que su cuerpo ya no funciona de la manera en la que él cree. Estos últimos días hemos vivido su agonía, que a diferencia de otros enfermos, él no es capaz de aceptar. ¿A qué se aferra? No lo sabemos, pero la frustración de su carita cuando intenta darle a sus patitas la orden de moverse y éstas no responden es increíblemente triste. Mi perrito, ese que tanto se aferró a nuestra familia, hoy se aferra a la vida para no decepcionarnos. Lo que no nos hemos cansado de decirle es lo feliz que ha hecho a una familia, que agradecemos su cariño y ternura, su ánimo, su esencia, su presencia, que nos sentimos orgullosos de él y de su capacidad de luchar… pero que ya se vaya, que ya no puede seguir así, por que eso ya no es calidad de vida. El cáncer está en muchas partes de su organismo y él, estoico, no se queja, no llora, pero al dejar de comer y de tomar agua, nos damos cuenta que las fuerzas se le acaban y él se resiste.

Pasan a mi mente como un flash back todos esos maravillosos y felices momentos y acepto que, por eso, tomar la decisión que recayó en mi por el hecho de que “es mi perro” ha sido pensada, repensada y demasiado dura. En estos últimos días pasé por todas las opciones, por todas las probabilidades, por todas las esperanzas, pero hoy entendí que necesita ayuda porque él ya no puede solo llegar a donde tenga que llegar. Así que mañana, 28 de agosto, se apagará la velita de ese ser vivo que me acompañó durante casi la mitad de mi vida. Es lo mejor.

Sé que hay muchas personas que nunca han tenido esa conexión con una mascota y su sensibilidad no les permite comprender por qué uno sufre tanto y llora mucho más cuando muere un animalito que cuando muere un humano. Sin embargo quienes hemos tenido la bendición de amar tanto y recibir a cambio amor y sólo amor, experimentamos ante estos sucesos un vacío tan grande, tan hondo, que sólo el tiempo es capaz de aminorar.

Fue un perro bondadoso, tierno, con su carácter y mañas propias, respetuoso y amorosísimo con los niños, agradecido con quienes lo amaron y cuidaron, enemigo de la escoba y amante del jitomate, la zanahoria y las naranjas; odiaba usar suéter y sabía emplear en el momento correcto su truco de “dar la pata” para conseguir lo que quisiera. Pero, sobre todo, coleccionó amigos y cariño en todas partes, es por eso que sé que en cielo (el único lugar al que un alma tan perfecta puede llegar) lo están esperando para que pueda correr sin cansarse y sin correa, cosa que a mi sobrina Gaby de 6 años le abruma un poco porque teme que se vaya a perder… Mi niña.



Hoy, por ese delay de la vida, estoy conociendo a mis 33 años lo que significa una pérdida tan grande, y duele tanto como a quien le da varicela a mayor edad… deja las mismas marcas, sólo que en el alma. Debo confesar que hasta las quijadas me duelen de tanto llorar, y que tal vez mañana la paz llegue tanto a mi amado perro como a todos quienes hoy lo hemos visto acostadito, sin moverse más que para respirar o “caminando” con las patitas traseras arrastradas sin remedio.

Doy gracias a la vida por conocer este dolor de la forma más pura que es posible, y sé que mañana secaré mis lágrimas y le daré todo ese amor a Toto, su hijo, y Tokotina, mi compañera en esta otra etapa de mi vida.

Si el cielo de los perros existe, seguro desde ahí nos cuidará a todos…
Gracias Pochaco, te amo con toda mi alma entera.  Hasta pronto, mi viejito hermoso.